Josefina Labourt:
CORAZA FANTASMA
Curada por Guadalupe Chirrotarab
19 SEP ↭ 14 NOV, 2026
OBRAS EXHIBIDAS
Texto de sala por Guadalupe Chirrotarab
La piel es un dispositivo corporal de frontera, una interfaz orgánica que se despliega en un territorio contingente, mediado por una ficción ineludible: la distinción entre interior y exterior.
Ante la necesidad de regular aquello que resulta desgastante o intolerable, los cuerpos se tensionan y encuentran estrategias para contenerse, inmovilizarse e incluso aislarse de lo que está fuera de sí mediante organizaciones defensivas. Cuando el resguardo se vuelve una forma de endurecimiento, se gestan corazas tangibles e intangibles que pueden ser tan protectoras como restrictivas, flexibles o destinadas al colapso.
Algunas especies animales, como los armadillos, desarrollan una defensa dérmica móvil y articulada que les permite replegarse. Los crustáceos generan, desde su epidermis, un revestimiento que se endurece y deviene un exoesqueleto protector. Para crecer, deben desprenderse de él y quedar temporalmente expuestos; vulnerables como las patas desamparadas de la criatura kafkiana recién transformada o el cuerpo de Marsias, el sátiro flautista desollado tras ser vencido por Apolo en el duelo musical.
Sin voluntad representativa, las esculturas pictóricas de Josefina Labourt atraviesan sus propios procesos cutáneos, expuestos a la intemperie. Los cuerpos estratificados que habitan Coraza Fantasma encarnan configuraciones materiales singulares. Las musculaturas en tensión, las fascias retraídas y los tejidos amoratados, entre durezas, contorsiones, protuberancias y hendiduras, se entraman en relaciones que no permiten separar la materialidad de aquello que les sucede. La materia es un hacer antes que una cosa. No se trata de los efectos de fuerzas externas, cuidados y maltratos sobre corporalidades pasivas, sino de lo que Karen Barad define como intra-acción: los cuerpos, materiales y fenómenos no preexisten a sus relaciones, sino que se constituyen mutuamente.
Mientras el informalismo exploraba la inscripción de fuerzas sobre las superficies, las obras de Labourt se desplazan hacia una relación agencial entre materia y acción. Los cuerpos sintientes entran en fricción y desencadenan transformaciones. Algunos de ellos se gestaron como pinturas que, revisitadas una y otra vez, revelaron su dimensión escultórica. El archivo se cristaliza en la acción: se rasga, se retuerce, se mancha, se quiebra, se endurece. En esta instalación, toda materia es performativa, incluso las veladuras textiles que guían la atmósfera espectral de un recorrido sinuoso entre entidades suplicantes, exhaustas y recompuestas.
Las toallas teñidas y resinadas, los vendajes desgastados y la cartapesta oculta son membranas que condensan experiencias, sensaciones, protección y vulnerabilidad. Las estructuras desequilibradas rellenas de vellón y bollos de papel alojan estados de ánimo. La tarea de Labourt parece fundarse en la comprensión del comportamiento psicofísico de la materia. Toda defensa emocional es corporal: se despliega en una materia memoriosa. Algunas capas se tensan, otras brillan; algunas abrazan esqueletos quebrados y desviados o, simplemente, caen lánguidas, desganadas y pesadas. La levedad de la piel traslúcida tiende a cobrar la densidad de la arena hasta devenir superficie pétrea impenetrable.
“Lo que me interesa es la fantasmática del cuerpo, y no el cuerpo en sí”, escribía Lygia Clark a Hélio Oiticica acerca de Baba antropofágica. El desborde de los límites anatómicos surge en la percepción de tirar de un hilo babeado, que se transforma en la sensación de extraer el propio vientre hacia afuera. Lo externo se vuelve propio y lo propio, extraño. En este desfasaje entre el cuerpo y sus bordes difusos se abre otra dimensión brumosa para entrever los pliegues que gestan las obras de esta exposición. Sus capas hacen presente algo que no termina de constituirse como cuerpo. Son formas de presencia inestable: la materialidad fina y permeable muta, se engrosa y oscurece, se repliega, se agrieta hasta escamarse, retraerse y desprenderse. Los tejidos momificados son fantasmales porque permanecen evocando su propia desaparición.
Como la memoria de la juventud perdida o la proyección de un futuro áspero y quebrado, la piel viva transita una condición que no termina de fijarse ni disiparse del todo. Mientras los patrones somáticos se reconocen en su organización defensiva, los cuerpos resilientes habitan la ambigüedad de sus estratos: tras el trauma, se transforman, amplían sus capacidades y hacen de la desintegración y la reintegración una forma de existencia.






















